Por Crystal Diaz, Coordinadora de Seguridad Alimentaria
En Puerto Rico, el Día de Acción de Gracias nos trae imágenes de familias reunidas alrededor de una mesa llena de un banquete, con todos listos para comenzar a celebrar la Navidad boricua. De hecho, en estos días abundan los “Especiales de Thanksgiving”: almuerzos preparados por panaderías y mercados que cuestan entre $150 y $200 para una familia de cuatro personas y que incluyen pavo, acompañamientos y postre. Para algunos, representan conveniencia y tradición. Pero para cientos de miles de familias, en un país donde más del 40% de la población vive en situación de pobreza, esa misma cantidad representa prácticamente todo el presupuesto para la compra de alimentos del mes. Esa disparidad revela una realidad que a menudo preferimos no ver: no se come igual en todas las mesas puertorriqueñas. Ni es igual en costo, ni necesariamente en la calidad de los alimentos.
Para más de 1.24 millones de personas, una tercera parte de la población de Puerto Rico, el Programa de Asistencia Nutricional (PAN) es un salvavidas que les permite comer durante el mes. Sin embargo, aún persiste el mito de que “el que recibe el PAN no quiere trabajar”. Esta narrativa se repite con ligereza y crueldad, ignorando los datos y deshumanizando a quienes utilizan este programa.
Los datos más recientes de ADSEF son contundentes: el 35% de los beneficiarios del PAN son adultos mayores de 60 años. Otro 21% son menores de 18 años, niños y adolescentes que dependen completamente de los adultos en su hogar. Es decir, más de la mitad (56%) de los participantes del PAN no están en edad laboral plena. No pueden trabajar, no porque no quieran, sino porque ya dieron su tiempo o porque aún no les toca.
¿Y el resto? Muchos sí trabajan o son cuidadores sin paga. Pero los salarios en Puerto Rico, afectados por el trabajo parcial, la informalidad, el salario mínimo o la falta de beneficios, simplemente no alcanzan. Más del 80% de los beneficiarios del PAN vive con menos de $20,000 al año, cifras que hacen imposible cubrir vivienda, transporte, medicinas y alimentos aún con empleo. El PAN no sustituye el trabajo, sino que complementa ingresos que nunca debieron ser tan bajos.
La estructura de los hogares también dice mucho. El 57.5% de los hogares que reciben PAN son de una sola persona y otro 23% son de dos personas. Hablamos de vecinos y vecinas que viven solos, muchos en la vejez; de personas con limitaciones físicas o de movilidad; estudiantes; madres solteras; trabajadores por cuenta propia; personas que enfrentan la vida con muy poco y con menos redes de apoyo de las que imaginamos. Son personas que conocemos y saludamos todos los días.
Ahora, volvamos a la mesa de Thanksgiving.
Gastar casi $40 dólares por persona en una cena típica representa entre el 20% y el 30% del presupuesto mensual de alimentos de muchas familias beneficiarias del PAN. Lo que para unos es una tradición festiva, para otros equivale a escoger entre celebrar y aguantar el resto del mes o simplemente no celebrarlo y poder comer durante todo el mes. En demasiados hogares, Thanksgiving no se celebra; se sobrevive.
Y sin embargo, año tras año, seguimos cargando a nuestros vecinos con estigmas que los culpabilizan de su pobreza, mientras ignoramos las causas estructurales y políticas públicas que nos trajeron hasta aquí. En un País donde la inseguridad alimentaria alcanza el 33.5% y donde la economía familiar se reinventa cada mes para poder costear lo básico, el PAN es una salvación, no es un lujo.
Thanksgiving debería ser un día de gratitud, pero también de reflexión. No podemos celebrar la abundancia sin reconocer la escasez que viven tantos alrededor de nosotros. Y no podemos seguir reproduciendo narrativas que hieren, dividen y humillan.
Si creemos en la dignidad humana, en la solidaridad y en la comunidad, debemos empezar por reconocer la realidad de quienes viven con muy poco y aun así siguen aquí. Es momento de dejar atrás los prejuicios y trabajar hacia un sistema alimentario más justo y construir políticas públicas basadas en datos. Un País donde la mesa de cada familia, sin importar su ingreso, su edad o sus circunstancias, tenga espacio, dignidad y alimento suficiente.
La verdadera gratitud se demuestra construyendo un País donde la mesa sea abundante y nutritiva para todos, todos los días.
